Redacción

La Justicia en su laberinto

Camilo Medina

“Hoy dejamos las armas” dijo Timoleón Jiménez alias ‘Timochenko’, máximo dirigente de las FARC-EP, que entregó hoy la totalidad de las armas del grupo guerrillero más antiguo del mundo y superviviente de América Latina, en el marco de un mediatizado escenario, —con la pretensión de ser un evento de talente histórico y simbólico importante—, que marcó el fin del conflicto bélico entre esta guerrilla y el Estado colombiano, después de más de 50 años de guerra. Parece ser un paso adelante en el camino.

El jefe de misión de la ONU en Colombia, Jean Arnault, fue testigo de la entrega en acto protocolario de 7.132 armas, de las cuales se conservaron 700 para mantener la seguridad de las zonas veredales.

El mecanismo de verificación del cese al fuego deja la sensación de haber sido exitoso y el paso a seguir conduce a la formalización de varios puntos del acuerdo de paz, entre los que se destacan, la reglamentación del proceso de búsqueda y eliminación del material de guerra restante, escondido en las famosas ‘caletas’, diseminadas por las zonas de influencia de las FARC; y, la puesta en marcha de las bases jurídicas que fundamentarán la legislación de la jurisdicción especial para la paz. Pasos que siguen dando muestras de un camino luminoso.

Y al mismo tiempo, la justicia colombiana procesa a nueve personas pertenecientes a la comunidad académica de la Universidad Nacional, también relacionadas con el Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP), capturadas (en dudosas circunstancias), por su presunta participación en el atentado del Centro Comercial Andino de Bogotá del pasado 17 de junio, que a propósito, son vistos por algunos como ‘falsos positivos judiciales’ presentados como resultado efectivo y casi que ‘exprés’ de la investigación de los hechos que rodearon el atentado.

Según un comunicado emitido por el MRP, “el Fiscal General Néstor Humberto Martínez y Juan Manuel Santos, dos expertos en falsos positivos, le ofrecen a los colombianos un show mediático“.

Además, el MRP rechaza la captura de los procesados y argumenta:

como movimiento, reiteramos nuestro rechazo al atentado cobarde contra la población en el C.C. Andino. Vemos cómo ahora a los supuestos culpables se les achantan los nombres de pila o sus características físicas como alias, se repite la estrategia de casos anteriores en la que el mal gobierno se posiciona como la solución para el miedo generado por ellos mismos mediante atentados y una cacería de brujas indiscriminada. Si hay un mínimo de respeto a la justicia, prontamente estas acusaciones serán resueltas y este grupo de personas inocentes y sin ningún tipo de vinculación al MRP recuperara su libertad” (Cursivas añadidas).

Pero, ¿Cómo así?, ¿no se supone que se acabó la guerra?, ¿por qué ante la dejación de armas, la postura de la principal fuerza de la oposición sigue siendo tan recalcitrante?, ¿por qué no termina de ser un golpe de efecto comunicativo, que levante la desfavorable imagen del presidente ante la opinión pública, el acto de dejación de armas de las FARC?; y por otra parte, ¿cuáles son las pruebas que involucran a estas personas en el atentado?, ¿por qué hay capturas y liberaciones casi que inmediatas en el caso del atentado?, ¿se está haciendo realmente una ‘cacería de brujas’ que está afectando a instituciones que no tienen nada que ver con el siniestro? Con tantas preguntas en el aire, como que al instante se tuerce el ‘caminao’… ¿no?

Como es ya costumbre en nuestra convulsa vida nacional, la justicia, endeble piedra angular del sistema democrático, cae una vez más en un laberinto que no tiene nada que envidiarle a los predicamentos y dudas existenciales del General Bolívar, que Gabriel García Márquez esboza hábilmente en su reconocida obra El General en su laberinto (1989). La justicia, —como El Libertador—, parece rendirse exhausta ante el envite de circunstancias confusas, sensaciones apabullantes y respuestas enigmáticas. No hay visos de transparencia total en los acontecimientos, y cuando se asoma una luz de salida en el entramado de rumores y versiones encontradas, se estrella nuevamente con una pared hecha de desconfianza, escepticismo y hostilidad.

No es totalmente esperanzadora la imagen del silencio de las armas, si se le contrapone a la crudeza de hechos como el del C.C. Andino, o ante la sombra creciente de los herederos del macabro legado del paramilitarismo; ni mucho menos equiparable al ambiente de incoherencia que rodea al cinematográfico proceso de investigación para identificar a los culpables del atentado del 17 de junio.

La justicia colombiana deambula errática por el laberinto de sus propias debilidades y no logra consolidar un auténtico esfuerzo por depurarse y dignificarse a sí misma, de cara al desafío más grande que tiene a la vuelta de la esquina: encaminar el proyecto de nación en paz que desde hace tanto tiempo está en veremos. Sin una justicia fuerte, coherente y transparente, el laberinto seguirá dejando esa frustrante sensación de infinitud.

 

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