Redacción

La lección más grande

Sandra Bautista

Durante los meses de mayo y junio de 2017, el país vivió una de las más grandes muestras de la unidad de un pueblo que busca la paz a través de expresiones contundentes y legítimas: el paro de maestros.

Por décadas, los maestros han venido luchando por la defensa de su bienestar y el de sus familias, eso es lo que ve cada ciudadano del país, en especial aquellos que reciben la información que sólo transmiten los medios de comunicación ‘más fuertes’ de este país.

Vivimos en una nación en donde la mayor parte de los recursos económicos se invierten en una ‘guerra’ que pone vidas en juego, limita a la planeación, privilegia la compra y uso de armas de cualquier tipo; y que desconoce el origen cultural de un conflicto tan complejo como el nuestro, dejando en un segundo plano —como si fuese un asunto menor—, un gran tema que no sólo toca la vida de los maestros sino también de las generaciones que son impactadas desde los primeros años de vida los individuos. La Educación es una de las tantas deudas históricas que tiene Colombia consigo misma.

Desde el día que la Educación empezó a ser vista como una gran empresa, en la que sus dirigentes deben ser excelentes administradores y por negligencia dejaron de lado la misión real de la misma, también negaron la diversidad cultural de miles de vidas que interactúan de formas muy variadas de región a región empezaron a desaparecer las nociones de justicia y equidad que deben procurar los gobernantes sobre todo un pueblo. Y ese es el punto principal, el pueblo.

¿Quiénes son los más afectados de esta situación? El pueblo. Todos aquellos niños y familias que hacen parte de la comunidad educativa pública de este país, mayoría a nivel nacional.

Muchos no conocen realmente el manejo de un sistema educativo, sus afectaciones y responsabilidades, que, en este caso aunque influye en la economía del país, está mayormente ligado a lo social y por la misma razón no puede ser tratado simplemente como un ente administrativo.

Pero en estos 36 días de paro, y posiblemente por primera vez en este país, al menos en la memoria de esta generación se lograron romper paradigmas en la sociedad frente a la lucha de los maestros por más y mejores garantías para el ejercicio de su labor. El paro del magisterio es un contundente llamado de atención a los padres de familia, a los estudiantes, a los grandes entes gubernamentales del país y sobre todo, a los maestros.

Por primera vez, aquellos que viven inmersos en el ejercicio educativo tendrán acceso a participar en la dirección de asuntos públicos, algo que no deberían estar reclamando porque ya se supone es un derecho consagrado en la constitución política. Frente a esto, no sobra reconocer que después de todos los errores cometidos en el pasado por la junta que representa a los maestros del país, lograron mantenerse firmes para, entre varios aciertos, romper con una cadena de sobornos y amenazas que recaían sobre ellos y sus familias, y cuyas consecuencias afectaban a los más de 32.000 maestros y al resto de la comunidad educativa. La justicia parece salir bien librada de todo este proceso de reclamación y de denuncia.

Una de las frases más usadas por los maestros en este paro hace referencia a que la única forma de enseñanza no se limita a un salón de clases, sino también al contexto que rodea al ejercicio educativo. La enseñanza se da con el ejemplo y EL EJEMPLO es tal vez el “arma” más poderosa que tienen los maestros, pues ellos son los que forman nuevas generaciones, no sólo en las diferentes áreas académicas, sino también en los valores éticos y morales que finalmente son los que afectan de forma directa a una sociedad. El maestro, a través de la instrucción y la prudencia, hace que se fortalezcan en sus estudiantes valores tan importantes como la honestidad, la justicia y la equidad.

Y es aquí, donde viene realmente el cambio, es aquí donde se empieza la tarea por la reconstrucción de nuestra sociedad, es por medio de su cultura y su historicidad donde se puede lograr la PAZ que tanto anhela el pueblo colombiano.

Nadie dijo que sería fácil, pues no se le puede dar la espalda a la cantidad de personas que han sido lastimadas y en ocasiones asesinadas por buscar la justicia, pero es esta la única que traerá paz y seguridad a una nación. Cada día, todos deberíamos convertirnos en maestros de lo correcto y de lo que transforma porque hemos sido llamados a ponernos el cinturón de la verdad para enseñar cada día a usar la coraza de justicia que protege el corazón. Solo así seremos aliados reales de la paz, dejando atrás la indiferencia y la impasividad. El ejemplo de la lucha pacífica por nuestros derechos es la mejor lección que podemos dar a los que con admiración y esperanza nos dicen «profe».

 

 

 

 

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