Redacción

¡Reconoscamos el Dolor del otro!

Juliana Licona

En el año 2015, se realizó en Colombia una encuesta sobre la salud mental de la población, cuyo objetivo era identificar los problemas y trastornos, a partir de factores que podrían estar vinculados con su desarrollo, desde determinantes sociales. En Colombia, la ley 1616 de 2003 ha definido salud mental como:

Un estado dinámico que se expresa en la vida cotidiana a través del comportamiento y la interacción de manera tal que permite a los sujetos individuales y colectivos desplegar sus recursos emocionales, cognitivos y mentales para transitar por la vida cotidiana, para trabajar, para establecer relaciones significativas y para contribuir a la comunidad.

Adicionalmente, la Organización Mundial de la Salud (OMS), explica que una buena salud mental afecta positivamente el desarrollo potencial de las personas en su diario vivir: por ejemplo, contribuye a que las personas sean más productivas en sus trabajos, en sus comunidades, y en el enfrentamiento asertivo de las situaciones vitales que les resultan estresantes. Lo anterior quiere decir que tanto el entorno social, como las formas en que nos comportamos y relacionamos con los demás, tienen un impacto en los modos en que fluyen nuestros pensamientos, creencias, emociones y percepciones; todo esto, dentro de un contexto específico.

Uno de los factores sobre los que se indagó en la encuesta nacional de salud mental, fue en el reconocimiento de emociones, que es uno de los componentes de la cognición social. Esta última, está relacionada con el reconocimiento del otro, de sus emociones y de la capacidad de ponerse en el lugar de ese otro a partir de rutas de acción que basamos en inferencias y juicios elaborados desde lo que percibimos sobre aquel que es distinto a mí.

De acuerdo con los resultados obtenidos en la encuesta, sobre el área específica de reconocimiento de emociones, se encontró que aproximadamente el 91,5% de la población Colombiana de 18 años en adelante, logra identificar emociones positivas (alegría, emoción, sorpresa); pero, solamente el 19,7% de la población logra identificar emociones negativas (miedo, asco y tristeza), factores que hablan de potenciales dificultades para reconocer y entender el malestar del otro. Esto último, puede desencadenar conflictos internos en el ser, así como problemas interpersonales, lo que en efecto dominó termina afectando el bienestar de la comunidad y la salud mental de los individuos.

Desde un punto de vista personal, considero que lo anterior es importante porque evidencia que hay un problema en el establecimiento de empatía. Entonces, si a las personas se les dificulta reconocer las emociones negativas de los demás, como por ejemplo la tristeza o el miedo, se hace evidente que hay una dificultad para ponerse en el lugar del otro, causando que muchas veces la gente no responda asertivamente ante las dificultades y el sufrimiento de los demás. Esto, sin ánimo de justificar, podría ser una posible explicación ante la falta de motivación e iniciativa que tienen algunas personas a la hora de ayudar y/o escuchar al otro, causando que en ocasiones se termine ignorando o restándole importancia a las necesidades que los sujetos puedan tener.

Lo que ocurre cuando las personas alcanzan la capacidad de responder asertiva y comunicativamente ante los problemas y logran ponerse en el lugar del otro, comprendiendo sus experiencias de vida, formas de actuar y emociones, es que —también en efecto dominó—sociedad da pasos hacia adelante en su ideal de ser más equitativa, es una sociedad que visibiliza y protege a quienes la conforman, y que además, actúa y le da el valor que merecen el sufrimiento y las necesidades de los otros.

Con base en lo anterior, no pedo dejar de preguntarme, desde una perspectiva global ¿cómo pretendemos construir una sociedad incluyente, cuando se nos dificulta reconocer lo que el otro siente, y en consecuencia, ayudarlo?; en el marco del conflicto armado, ¿cómo esperamos que las victimas cuenten lo que sienten, cuando están ante personas que no se conectan con su historia porque no reconocen su dolor?; y en dentro de las relaciones interpersonales, ¿cómo te voy a aceptar a ti, cuando no se lo que estas sintiendo, si lo único que pretendo que sientas es felicidad, ya que eso si lo reconozco?

Tal vez, desde los procesos educativos puedan emerger posibles respuestas a estas preguntas, ya que de acuerdo con Canales, Abaunza, Dimas, Martínez Ramos &Benítez (2010) se puede hacer un entrenamiento emocional, que consista en la sensibilización de las personas frente al reconocimiento e interpretación de la expresión emocional, por medio de la identificación y aceptación de los cambios de humor. Por supuesto, esta solamente es una perspectiva sobre el asunto. Las preguntas que llegaron a mi mente, además de ser complejas y desafiantes ya han tenido múltiples abordajes desde no pocas áreas del conocimiento. El reto está en la mesa y hay que afrontarlo.

En últimas, quiero exhortar a nuestros lectores para que aprendamos, desde el amor y el cuidado, a entender que el otro también siente y que debemos garantizar su derecho a ser reconocido en su totalidad y en su individualidad. En su dolor.

 

Referencias

Canales, E., Abauza, G., Dimas, S., Martínez, R., Ramos, L., & Benítez, L. (2010). Cómo convertirte en el detective de tus propias emociones: aprendiendo a manejar emociones en secundaria para desarrollas aptitudes resilientes. Mexico D.F: Ángeles Editores,S.A

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